Era 1968, un año profundamente grabado en la memoria. Nuestra historia no comenzó al calor de los aplausos, sino en el silencio, bajo la presión invisible de una época severa que pesaba sobre cada aliento de vida.
Aquí, el ingreso anual promedio era de apenas 63 yuanes, unos 25.61 dólares estadounidenses. El hambre era real, el invierno era frío y, para muchas personas, el futuro simplemente no existía. En tiempos así, la belleza parecía un lujo que el mundo había olvidado, un sueño demasiado frágil para sobrevivir.
Entonces, de pronto, llegó aquí el oficio de fabricar violines, no como una oportunidad, sino como una orden. Maestros artesanos de la Fábrica de Instrumentos de Shanghái fueron trasladados a esta aldea desconocida. Se convirtieron en nuestros maestros, aunque en sus ojos el antiguo orgullo por su arte apenas titilaba, como una vela que lucha contra el viento.
No había herramientas adecuadas ni máquinas de precisión. Solo había madera escasa, cuchillos viejos y manos obligadas a seguir trabajando. Cada corte se convertía en una conversación con un pasado que se desvanecía, un intento por demostrar que su oficio era algo más que una carga impuesta por el destino.
Aquellos 25.61 dólares se alzaban como una barrera silenciosa entre el arte y la vida. Cada violín guardaba un dolor oculto: el anhelo de artesanos que se negaban a permitir que el tiempo borrara lo que alguna vez habían sido. Su música, reprimida, aún buscaba un lugar donde respirar.